Transformando obstáculo en nuevos caminos

RIC stone sign in front of Forman Center

“He vuelto a mi entorno. Estoy inmensamente agradecida con RIC por permitirme regresar a mis orígenes”, dice Hernández.

Cesarina María Hernández ’21 nació en una familia de maestros en la República Dominicana, donde creció rodeada de cuadernos, consejos pedagógicos y el ejemplo de unos padres que dedicaron su vida a la enseñanza. Y aunque la docencia estuvo presente en su hogar desde siempre, su trayectoria comenzó con una vocación diferente: la medicina. 

Su historia, marcada por la emigración, la reinvención y la resiliencia, es muestra fehaciente de que las trayectorias profesionales pueden tomar giros inesperados, pero nunca se cierran por completo.

Actualmente, enseña español en una escuela secundaria, Blackstone Valley Prep, y es docente catedrática de laboratorio de anatomía y fisiología en Rhode Island College.

Hernández llegó por primera vez a Estados Unidos en 1982, apenas con 16 años. Terminó la escuela secundaria y, siguiendo el consejo de su padre, decidió regresar a su patria para estudiar medicina, pues ahí sería menos costoso, más rápido y más accesible que intentar abrirse paso como doctora extranjera en Estados Unidos. 

Cinco años después era médica general y durante casi dos décadas ejerció en la República Dominicana. “Me especialicé en nutrición clínica y administración hospitalaria”, comenta. “Trabajé en la administración de salud para el gobierno, supervisando hospitales y, finalmente, dirigiendo uno”. Tiempo durante el cual también se casó y tuvo tres hijos.

Hace 11 años decidió regresar a los Estados Unidos con toda su familia; un arduo regreso, pues en su país de origen había construido una carrera, tenía prestigio y una identidad profesional. Al llegar, se enfrentó a la dura realidad que tantos médicos inmigrantes conocen: volver a estudiar para los exámenes de recertificación y obtener licencias; un proceso costoso y demandante. 

“Imposible para alguien que debía trabajar, criar hijos y sostener un hogar”, expresa. “El golpe más duro fue aceptar que no iba a poder ejercer la medicina aquí”.

Hubo duelo, frustración y desconcierto. Sin embargo, existía una experiencia de antaño, la enseñanza. Había impartido clases de inglés con fines médicos antes de convertirse en doctora.

En 2017, Hernández comenzó a trabajar como maestra sustituta en las escuelas de Providence, adquiriendo experiencia en el sistema educativo estadounidense y apoyando a estudiantes de diferentes orígenes culturales.

“Al principio fue difícil. Estaba empezando desde cero”, cuenta. “En mi país, dirigía hospitales y aquí estaba en el aula con adolescentes que necesitaban orientación integral”.

Unos años después, Hernández solicitó un puesto fijo como profesora de español y, una vez aceptada, inició el proceso de certificación docente, que implicó matricularse en el programa de Maestría de Educación en Lenguas Extranjeras de Rhode Island College.

“Mis habilidades docentes se forjaron en RIC”, afirma. “Aprendí sobre pedagogía, procesos de evaluación y desarrollo de competencias y cómo establecer objetivos. Tuve excelentes profesores, especialmente la profesora Erin Papa y mis profesoras de literatura, Marjorie Roemer y Eliani Basile, quienes me inspiraron a retomar mi pasión por la lectura”.

Su paso por Rhode Island College no solo la transformó como educadora, sino que también le devolvió algo que creía perdido: la convicción de que su experiencia médica también tenía valor en Estados Unidos. Paulatinamente, comprendió que el aula le ofrecía paz, alegría y un espacio donde podía desarrollar plenamente sus capacidades intelectuales.

En diciembre de 2024, Hernández se postuló para ser docente de laboratorio de anatomía y fisiología en su alma máter. En enero, ya estaba frente a un aula llena de futuros enfermeros y profesionales de la salud.

“Sentí que la vida me estaba devolviendo una parte de mí misma”, dice. “He vuelto a mi entorno. Es como revivir mi pasado en la medicina. Estoy inmensamente agradecida con Rhode Island College por permitirme regresar a mis orígenes”. 

Hoy, Hernández se mueve con facilidad entre las aulas de la escuela secundaria y la universidad, entre el español y las ciencias, entre su pasado como médica y su presente como educadora, uniendo sus dos pasiones: el lenguaje y la medicina.